AMLO y sus mentiras de la pandemia

AMLO

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  • Según el mandatario, el Covid-19 ha mostrado un “afortunado” descenso en contagios y ocupación hospitalaria
  • La radiografía que muestra de la pandemia es solo una ilusión, dicen especialistas en ciencias médicas
  • Es engañoso el panorama que AMLO presenta a la ciudadanía, consideran los expertos
  • Un tercer repunte del virus es inevitable
  • Daniel Ordoñez, a punto de perder su candidatura a la alcaldía Iztacalco por tener un expediente abierto en su contra

Pluma Fuente.

Por Juan Bermúdez.

En México, al día de hoy, el COVID-19 pareciera que se percibe como un problema ya casi acabado. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha reportado en los últimos días el “afortunado” descenso tanto en contagios como en ocupación hospitalaria a causa del virus. Eso ha generado que la guardia cada vez se baje más y haya una evidente relajación de medidas. Pero esta radiografía, aunque alentadora, podría ser solo una ilusión “Es engañoso el panorama que se está viviendo en estos momentos en México”, advierte la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie sobre esa relativa calma que se vive en el país.

Hasta el pasado miércoles, México registra 2.520.820 casos acumulados de SARS-CoV-2, de los cuales solo 23.462 son los actualmente activos. La cifra de fallecidos va en 215.547. Pero, según informaron las autoridades federales, al corte de este martes se registra –de la semana pasada a esta– el descenso del 21% en la curva de contagios y del 79% en la ocupación hospitalaria, a nivel nacional.

Sin embargo, para la Doctora en Ciencias Médicas por la Universidad de Harvard, un tercer repunte del virus es inevitable. Los principales motivos, menciona, son las nuevas variables de la enfermedad que se están presentando  muy seguramente ya con presencia en suelo mexicano y el lento avance de la vacunación en el país cuya cobertura con el antídoto, en el esquema completo –6.096.954 personas– apenas alcanza el 5% de la población.

“En general, se tiene como una especie de calma”, señala preocupada la doctora, “esperemos que no sea la calma antes de la tormenta”.

La especialista, también jefa del Laboratorio de Genética Molecular de la Facultad de Odontología de la UNAM, compara la situación que viven actualmente en países como la India o Brasil, donde se presentan repuntes alarmantes, con lo que puede avistarse en un futuro no muy lejano para México.

Y es que son países, describe, en los que se relajaron las medidas de protección ante una aparente baja de contagios. También son lugares en los que no se han establecido acciones de contención del virus, “encaminadas hacia detener la propagación”, señala.

El riesgo es que en ese tipo de zonas, incluido México, “las variantes se están propagando silenciosamente”, enfatiza la doctora, “y ahí están reproduciéndose, propagándose”, lo que al final de cuentas se vuelve algo imposible de parar, “es como la ola de un tsunami que ya está encima de ellos”, ejemplifica.

Ella puntualiza cuatro de estas variantes, que son las que tienen en este momento a varios países desbordados de casos positivos y número de defunciones. La variante B.1.1.7, del Reino Unido; P.1, en Brasil; la B.1.135, en Sudáfrica; y la B.1.617, identificada en la India.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) clasifican en tres tipos de riesgo, de menor a mayor, a las variantes recién identificadas.

De las anteriormente mencionadas, las primeras tres entran en el nivel medio, “variantes de preocupación”, que, según explican, son aquellas para las que existe evidencia de una mayor transmisibilidad, casos más graves de enfermedad, reducción significativa en la neutralización por los anticuerpos generados durante una infección anterior o la vacunación, menor efectividad de los tratamientos o las vacunas, o fallas de detección de diagnóstico. Mientras que de la variante de la India aún se sabe muy poco.

Entonces, para la investigadora, lamentablemente México va encaminado a ese fatal destino. En primer lugar, por la relajación de las medidas, tanto del gobierno como de la ciudadanía. En segundo, porque las autoridades siguen sin apostar por una estrategia de contención de casos. Y la tercera razón, y probablemente la más delicada, porque no se está haciendo nada por localizar las nuevas variantes del virus para frenar su propagación.

Por otro lado, cabe mencionar, las características de este tipo de variantes dejan sin argumento a la teoría de la (tan ansiada) inmunidad de rebaño, precisamente por una de sus características más peligrosas: tienen la capacidad de vulnerar los anticuerpos que ya hayan sido adquiridos por una persona, ya sea por haber estado contagiada o por haber sido vacunada.

En pocas palabras, incluso con las vacunas, las variantes nos podrían hacer regresar a cero.

Para considerar que la vacunación tiene un efecto considerable en el combate al virus, en el país que sea, se tendría que tener vacunada al menos a la mitad de su población. Ese no es el caso de México, donde no se ha terminado de vacunar siquiera al sector médico.

De los 128 millones de habitantes en México, 6.096.954 han recibido el esquema completo de vacunación contra el COVID-19, cifra que representa apenas un 5% de dicha población. El doble de personas han recibido al menos una inyección del antídoto. Mientras que en términos de dosis aplicadas en el país hasta ahora suman 16.7 millones.

No obstante, la vacunación también incentiva el humor social mexicano, coincidente con la actitud del gobierno: despreocupado, con la guardia baja, como si el peligro del virus ya fuera de salida. Algo que está aún muy lejano, advierte la especialista. “La ilusión de las vacunas es solamente eso, un espejismo”.

Y dentro de esa advertencia, subraya, la estrategia de vacunación llevada a cabo por el gobierno mexicano no está siendo de ayuda.

Principalmente porque se está viendo lenta, algo en lo que la doctora incluso ve tinte electoral. Pero también porque, reitera, el que todos los adultos mayores de México estén vacunados no hará gran diferencia, ya que no es ese el sector de la población que más se infecta.”En términos absolutos, hay menos muertos de (rango de) mayor edad que de las edades intermedias”.

Recientemente la Dra. Laurie Ann publicó su libro Un daño irreparable (Planeta), en el que puntualizó, los que ella considera, los principales errores de la estrategia del gobierno en la lucha contra el COVID-19. “Generó conversación”, es lo más destacable para ella. Aunque lamenta que, por otro lado, muchos detractores de su obra la tomaron como un argumento político, finalidad que niega rotundamente.

Para ella lo primordial es tomar las medidas que aún demanda el tratamiento de la pandemia, no necesariamente un confinamiento absoluto o el cierre de negocios, sino desde la vigilancia y la localización de contagios y de las nuevas variantes del coronavirus.

“Lo peor no va a pasar nunca hasta que no haya una solución permanente”.

Todo lo que ha ocurrido desde finales de diciembre de 2019, cuando en China se detectó el virus, hasta el día de hoy era evitable y ha sido consecuencia directa de las decisiones que se han tomado en el mundo.

Un virus infectó a un murciélago, que a su vez infectó a otro animal, cuya especie aún se desconoce. El caso es que ese animal se encontró en China, en un mercado de animales vivos muy atestado, ese tipo de lugares a los que en el mundo anglosajón llaman wet markets («mercados húmedos»), donde se amontonan en jaulas animales domésticos y salvajes, especies exóticas, muchas de ellas en peligro de extinción.

Un mercado en el que se apilan animales vivos y muertos, entre la gente y los alimentos a la venta: verdura fresca, huevos, frutas, lácteos… Hay gente comiendo murciélagos, ranas, tejones, serpientes, anguilas y tortugas, en el mismo ambiente en el que se manipula sangre y heces de todo tipo de animales, mientras los preparan para su venta.

Repito, en estos mercados, animales vivos enjaulados sangran, defecan y babean junto a los cadáveres de otros ya sacrificados. Mientras, miles de transeúntes, turistas, compradores, proveedores y comerciantes respiran un aire atestado de microorganismos que no tendrían por qué estar allí. Claro, ya en 2021 y después de más de un año en pandemia y de haber leído sobre la sofisticada tecnología que China puso en marcha para vigilar a sus ciudadanos y mantenerlos confinados y a salvo del virus, lo primero que uno piensa es que estas aplicaciones, estos software de reconocimiento facial, drones con cámaras térmicas, robots desinfectantes, sistemas de rastreo de teléfonos y cascos inteligentes, por nombrar solo una parte de la parafernalia implementada por el gobierno chino, no empatan con los mercados en condiciones de salubridad tan precarias como el que acabo de describir.

Cito un artículo de The New York Times que lo explica de forma muy clara: los murciélagos son «planetas en sí mismos, repletos de ecosistemas invisibles de hongos, bacterias y virus. Muchos de los virus que se multiplicaron dentro de los murciélagos han circulado entre sus anfitriones durante miles de años, si no más. Usan las células de los murciélagos para replicarse, pero rara vez causan enfermedades graves. Por mutaciones fortuitas y el frecuente intercambio de genes, un virus había adquirido la capacidad de infectar las células de ciertos mamíferos además de los murciélagos, en caso de que alguna vez surgiera la oportunidad».

En estas condiciones que describo, pasó lo que pasa siempre con cualquier infección zoonótica, las que en principio aquejan a los animales y cuyos agentes patógenos pueden transmitirse a los humanos. De hecho, la mayoría de las enfermedades infecciosas emergentes son zoonóticas, originadas en mamíferos salvajes que han sido el trampolín necesario para que virus como vih, Ébola o sars se expandieran por el planeta.
Muerte por Covid-19
Esto fue exactamente lo que provocó la actual pandemia. O sea, un microorganismo que brincó a un ser humano que, a su vez, fue infectado y comenzó a transmitirlo. Esto no estaba predestinado. Podía evitarse: tener esos mercados en esas condiciones de higiene era el caldo de cultivo perfecto para que esto sucediera.

De forma natural, hubiera sido virtualmente imposible que un murciélago y un pangolín se encontraran. El problema es que en China mucha gente come pangolines, ese pequeño mamífero recubierto de escamas y que parece un armadillo. Pero esto no debería suceder: me refiero a que este animal salvaje no debería comercializarse ni consumirse porque está clasificado como una especie en peligro de extinción. Leyes más estrictas que incluyan la veda de animales salvajes que presentan mayor riesgo zoonótico, como murciélagos, roedores y simios, podrían ser un primer paso para evitar nuevos desastres ecológicos y sanitarios como en el que hoy estamos inmersos.

Ya en 2017, un estudio de la revista Nature5 mostraba que los murciélagos albergan una proporción significativamente mayor de virus zoonóticos que cualquier otro tipo de mamíferos. También probaba que la mayoría de estas infecciones eran predecibles si se establecían programas de vigilancia pandémica adecuados, sobre todo en regiones como Latinoamérica y ciertas partes de África, consideradas terreno fértil para este tipo de enfermedades.

Unos cuatro meses después, la misma publicación científica difundía una base de datos global de enfermedades infecciosas emergentes en la que se alertaba sobre las zonas con riesgo zoonótico elevado: regiones tropicales boscosas que habían sufrido deforestación y cambios en el uso de la tierra, y donde la biodiversidad era alta. En este mapeo figuraban como «zonas calientes» China y el sureste asiático, partes de India y de Latinoamérica.

Hablamos, además, de China, un país en el que su actual legislación, laxa o ambigua, abre la puerta al tráfico de criaturas exóticas: de hecho, allí se paga buen dinero por pescar tiburones, de los que solo se aprovechan las aletas, o por el marfil de los colmillos de elefantes provenientes de África o India, solo por mencionar dos especies en medio del cúmulo de animales que interesan a muchos por su carne, pelaje o supuestas propiedades medicinales.

Y repito, este encuentro desafortunado entre el pangolín, el murciélago y el ser humano no debería haber sucedido. Para que se den una idea: es como si una ballena hubiera infectado a un caballo.

¿Cómo diablos sucede esto? Muy fácil, esta infección solo puede ocurrir cuando se está en presencia de un desarreglo ecológico como el que menciono. Cuando el hombre ha destruido ecosistemas y traficado animales que solo pertenecen a su hábitat natural.

Vuelvo a insistir: el origen del virus era inevitable, todo lo que ocurrió después no.

El pangolín no tuvo que enfermarse y luego infectar al ser humano. Y en este punto aclaro que todavía no hay evidencia que, fuera de toda duda, apunte al pangolín como el vector que hizo falta para que el primer ser humano se infectara.

A principios de noviembre de 2020, la Organización Mundial de la Salud (oms) anunció una misión en China para investigar cómo nació la pandemia. Esto, claro, a casi cuatro meses de retraso y negociaciones discretas con un gobierno siempre receloso de los extranjeros que llegan a meter sus narices.

Al mismo tiempo, hay quienes dudan de que el mercado de Huanan en Wuhan haya sido la «zona cero» de la pandemia. Se analizaron 336 animales de ese mercado y ninguno dio positivo para sars-CoV-2, pero en las aguas residuales de la zona sí se encontraron restos genéticos del patógeno.

Si no fue el mercado de Wuhan en específico, fue en otra zona donde animales arrancados de sus hábitats e infectados previamente por un murciélago se mezclaron con seres humanos, lo que dio inicio a la cadena de contagio que culminó en esta crisis sanitaria global a la que asistimos.

Y, en este punto, va un comentario para quienes vivimos en México: aquí, hay 15 especies endémicas de murciélagos, esto vuelve a nuestro país el primer lugar en diversidad en el mundo, por concentrar la mayor cantidad de especies únicas de este tipo de mamífero volador. Aproximadamente 10% de todas las especies conocidas de murciélagos habita en México. Son datos que merecen una gran reflexión si lo que se busca es evitar que una pandemia como la que nos azota hoy vuelva a suceder en el futuro.

La cuestión es que a finales de 2019, en China, empezaron a presentarse unos pocos casos de una enfermedad muy extraña, severa, con alto índice de mortalidad y que nadie identificaba con alguna enfermedad respiratoria conocida.

En noviembre de ese año, algunos médicos hicieron sonar las alarmas y el gobierno chino decidió silenciarlas. Los contagios se diseminaron, se extendió la epidemia y la gente comenzó a morir. Esto no estaba predestinado. Fue la consecuencia directa de las decisiones tomadas por el gobierno chino que, al ver la situación, debió avisar a las autoridades sanitarias internacionales. Pero se tardó en hacerlo.

Así, el virus salió de China con el primer ser humano infectado que tomó un vuelo hacia el extranjero. Y esto, insisto, sí era evitable.

No tardaron en detectarse los primeros casos de esta infección fuera de China. Las autoridades sanitarias mundiales recibieron este aviso, pero tardaron en tomar medidas. Cuando finalmente lo hicieron, su reacción fue tibia.

Ya había contagios por todas partes y los gobiernos de cada nación decidieron, al ver la vacilación de las autoridades sanitarias internacionales, que sus respuestas también podían ser tibias. Algunos jefes de Estado parecieron pensar: «A lo mejor aquí ni llega y me puedo ahorrar el cierre de fronteras y demás dolores de cabeza». Son decisiones complicadas, ¿no? Tardaron en tomarse y, cuando finalmente se hizo, fueron insuficientes.

Como tantos otros problemas complejos, la pandemia requiere la toma de decisiones riesgosas. Por el efecto que podían tener, solo podían ser tomadas por los jefes de Estado. Se necesitaba que estadistas con gran visión tomaran esas decisiones difíciles. Y se necesitaba valor para asumir el riesgo, el riesgo de equivocarse y convertirse en el hazmerreír del mundo.

La presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, sí asumió las decisiones que en China tardaron en tomarse y que México, directamente, nunca hizo suyas.

Hablamos de una pequeña isla, casi pegada a China, que depende enormemente del tráfico de mercancías y personas que vienen y van desde y hacia ese gran país. En Taiwán se tomaron las decisiones difíciles y riesgosas con el valor y la visión que se necesitaba.

Ellos reportaron su primer caso de covid-19 el 21 de enero de 2020. Al 28 de diciembre, en Taiwán solo se han registrado siete muertes. Allí no tienen que preocuparse por cuántas camas o ventiladores tienen. Se ahorraron un costo infinitamente más alto, en vidas, en términos económicos y en todo lo demás.

Y un último párrafo sobre el espíritu de respeto al prójimo, que reina en la cultura asiática y que Occidente debería adoptar, sobre todo en lo relativo al uso del cubrebocas: el uso masivo de este dispositivo es una medida efectiva y barata que complementa «la distancia social y el lavado de manos» en esta crisis sanitaria, decía ya en abril de 2020 un artículo escrito por tres científicos orientales y publicado por The Lancet. Esta medida ha cambiado el eje de la discusión: así se pasa «de la autoprotección al altruismo, e involucra activamente a cada ciudadano, como símbolo de solidaridad social en la respuesta global a la pandemia.

Era enero de 2020 y se supo enseguida que, a diferencia de la epidemia de sars, la cual afectó a varios países asiáticos en 2002, este brote iba a ser muy difícil de contener.

Cinco días más tarde, el 12 de enero de 2020, a una velocidad irreal, China dio a conocer la secuencia genómica del virus causante de la enfermedad por covid-19 y a los pocos días reveló un método molecular para detectarlo. Por aquel entonces era un método engorroso, realizado por medio de la técnica de rt-pcr (reacción en cadena de la polimerasa con transcriptasa reversa), del cual se derivó, casi en seguida, el Protocolo de Berlín —test de diagnóstico adoptado masivamente en todo el mundo, diseñado en el laboratorio que dirige el virólogo estrella de Angela Merke —, pero la velocidad con la que China tomó las riendas del problema fue sorprendente.

El 9 de enero de 2020, se reportó el primer fallecimiento por covid-19 en China y cuatro días más tarde Tailandia dio aviso de su primer caso. Muy pronto, otros países como Japón, Corea del Sur, Nepal, Vietnam, Singapur, Australia, Estados Unidos, Hong Kong, Francia, Malasia y Canadá informaron sobre la presencia de los primeros casos importados en sus territorios. A pesar de ello, siguiendo las recomendaciones de su Comité de Emergencia, el 23 de enero, el Director General de la oms, Tedros Adhanom Ghebreyesus, tomó la decisión de no declarar la dispersión de covid-19 como una emergencia mundial de salud pública.

Mucho se ha discutido sobre la respuesta de la oms durante la pandemia y particularmente en las etapas iniciales. A pesar de los esfuerzos más recientes por defender sus decisiones, sus llamados tempranos a la comunidad internacional fueron tardíos y tibios.

Un mes después del aviso por parte de las autoridades chinas, con casos reportados en cuatro continentes, la oms finalmente declaró la emergencia, pero no fue hasta el 9 de marzo cuando decidió declararla oficialmente pandemia; habían ya más de 110 países que en conjunto reportaban alrededor de 113000 casos y cerca 4 000 defunciones.

En este punto retrocedamos un poco en el tiempo para aclarar algunas cuestiones: como narré al principio de este libro, en el origen de esta pandemia no hubo ninguna conspiración del Partido Comunista Chino, ni manipulación de virus, ni virus sintéticos creados en un laboratorio de ingeniería genética, ni el absurdo de haber sido propagado por antenas de la red 5G o extraterrestres. Al día de hoy, hay un gran consenso entre los científicos internacionales para convenir que el sars-CoV-2 es producto de la evolución natural.

Esto quiere decir que, tal como ocurrió con el vih, que saltó de un simio a un humano, el virus que provoca covid-19 brincó de un huésped no humano a una persona. Todavía no está claro cómo se produjo este salto, ni si el virus estaba en su versión patógena antes de saltar a los humanos o si se volvió patógeno entre la población humana. Saberlo, indica la revista Nature, ayudaría a prevenir futuras pandemias como la que vivimos actualmente.

Lo que sí se sabe es que algunos pájaros y mamíferos como los murciélagos, las civetas, los camellos o el ya famoso pangolín alojan naturalmente múltiples coronavirus. En los humanos hay siete clases de coronavirus conocidos que pueden infectarnos. Cuatro de ellos (HKU1, NL63, OC43 y 229E) provocan distintas variedades del resfrío común. Y otros tres, de aparición reciente, producen trastornos mucho más mortíferos, como el síndrome respiratorio agudo y grave (sars), surgido en el año 2002; el síndrome respiratorio de Medio Oriente (mers) (de 2012), y covid-19, cuyo primer brote se reportó en diciembre de 2019.

Una característica de este microorganismo es que concentra su primer ataque, cuando aún no se le detecta, en el tracto respiratorio superior de la persona infectada, desde la nariz a la garganta, donde se reproduce velozmente. A partir de ese instante, la persona contagiada, que no siente nada, se transforma «en una potente bomba bacteriológica y empieza a diseminar en su entorno» —simplemente al hablar o al respirar— el virus sars-CoV-2.

Solo una minoría de las personas infectadas sufre el segundo ataque del patógeno, enfocado esta vez en los pulmones, de manera similar al sars de 2002 (aunque la carga viral del nuevo coronavirus es mil veces superior a la del sars), lo que provoca trastornos microvasculares caracterizados por alteraciones inflamatorias y de la coagulación que resultan en daños a diferentes órganos y tejidos, incluyendo neumonías que pueden llegar a ser fatales, sobre todo en personas de edad avanzada con enfermedades crónicas.

En fin…la pandemia se pudo evitar.

El problema es que muy pocos países actuaron lo suficientemente temprano, como Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur, Nueva Zelanda y Vietnam.

En Nueva Zelanda, Jacinda Ardern también tomó muy pronto decisiones más agresivas, adelantándose a otros países desarrollados, como el confinamiento para toda su población durante un mes y el cierre total de las fronteras del archipiélago. El objetivo central de la primera ministra neozelandesa fue buscar la «eliminación» de la enfermedad, en lugar de la «mitigación» que se aplicó en muchos otros países, México incluido.

El fin último de la premier de este país insular era aniquilar la curva, no solo aplanarla. No le importó que se le criticara…

APUNTES FIDEDIGNOS

Daniel Ordoñez

A este espacio llegó la información de que la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJCDMX) va tras los pasos del candidato panista a la alcaldía Iztacalco, Daniel Ordoñez Hernández, toda vez que tiene una orden de presentación derivada de una denuncia por pensión alimenticia que en 2013 le interpuso en su contra Gloria Vanessa Gómora Cruz, actual funcionaria en dicha demarcación y ex precandidata de Morena a una diputación local.

El hecho quedó registrado en el expediente 2026/2013 mismo que se conformó en el Juzgado 23 Familiar, pero al no responder a los citatorios que se le enviaron a su domicilio particular, las autoridades giraron una orden de presentación contra Daniel Ordoñez, quien en su afán de evadir el brazo de la justicia huyó de la Ciudad de México y se fue a radicar a Nayarit, su estado natal.

Por algunos años estuvo en dicha entidad y regresó a la capital del país para retomar sus actividades políticas, sin embargo, su ex pareja sentimental optó por revivir el caso y para colmo, en plena temporada de elecciones, donde el demandado contiende por un puesto de elección popular, que seguramente no podrá obtener, toda vez que tiene ese asunto pendiente por resolver…¡¡¡Seguiremos informando!!!

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